martes, octubre 25, 2005

RICO Y FAMOSO EN UN MINUTO


Cada vez en el mundo hay más ricos y más famosos. El otro día leí en el diario que en Estados Unidos ya llegan a diez millones de millonarios. Con el gran abanico de medios de comunicación en constante incremento, hoy cualquiera es famoso aunque sea por un ratito, siguiendo al pie de la letra la máxima visionaria de Warhol. Nunca hubo tantos famosos, como hormigas, y nunca se requirió tan poco talento para serlo. El perfecto ejemplo es la mujer que ilustra este párrafo, Paris Hilton, rica por herencia, famosa gratis. Sus méritos a la fecha son: portar el apellido de una enorme cadena de hoteles, haber circulado haciendo sexo oral en un furtivo video por internet, ser actriz secundaria en una película de terror clase B (hasta muere con un caño atravezándole la cabeza, pura y genial ironía), y protagonizar un dudoso reality show junto a una de su clase, poco en realidad para tanta manija que la lleva a las tapas de todas las revistas y a que se pasen hablando horas de ella en radio y TV, muy poco. Atrás quedó el tiempo en que una estrella de cine era una leyenda viviente, o un campeón deportivo duraba décadas intacto, allá a lo lejos y sólo en la memoria de los viejos que conservan la memoria. Hoy un adolescente granujiento que desarrolla el nuevo gran video juego, la nena de cuerpo generoso que posa para centenares de flashes, el pibito que le pega bien a la pelota, todos los nuevos ricos y famosos, tantos que ya ni les conocemos los nombres. De tan absurda la tendencia pronto va a ser negocio mostrar a un ignoto miserable. “Miren, un hallazgo, un tipo piojoso que no conoce nadie.” Si, eso duraría hasta que el pobre de turno absorba la atención mediática y en segundos cruce de vereda. Exagero, lo se, los ricos y famosos, nueva casta que aumenta a la par del calentamiento global, no son tan tontos como suponemos al oirlos decir estupideces o moverse al ritmo de los aplausos de la pobre gente, no van a compartir sus ingresos con nadie que no sea su representante. África, o nuestro mismo barrio, siempre van a estar allí para recordarnos que hay dramas también fuera de los pasillos de un canal de televisión.

sábado, octubre 22, 2005

¡NI LOGO!


Es tiempo ya que los bebes nazcan con una etiqueta en la nuca. Su nuevo hijo ha sido traído a usted por cortesía de Sorny. Desde la aparición de No Logo de Naomi Klein, un pequeño orificio se abrió en el gigantesco, fastuoso, amoral muro de la publicidad y la guerra comercial a puro fin y en todos los medios. A través de ese orificio algunos se atrevieron a ver, fueron pocos, la mayoría, la gran mayoría, no puede quitar la vista de la marca en colores brillantes, invitando a ser. Todo vale cuando se trata de costos para lograr el poder que envidiarían casi todas las naciones del planeta. Hoy un logo es un tatuaje en la piel que elige un chico distraído. Las marcas te hablan, te comprenden, son como vos. Dependiendo de lo que elijas al comprar, eso va a definir quién sos, tu estilo, tu esencia. Las plazas tienen sponsor, las calles, los edificios, las sillas, los recitales de música, el arte, nada queda libre para la gente, todos podemos ser un cartel, todo es un cartel. Las remeras con logos gigantescos que se pagan a buen precio, el calco que se compra en Warnes ubicado con precisa estrategia en la luneta polarizada del auto, ya no hay lugar para el perfil bajo, el logo es el producto en sí y la campera que lo contiene es sólo un accesorio útil. Soy lo que consumo. No falta tanto para que Argentina, o cualquier país berreta por el estilo, termine convirtiéndose en país exclusivo de tal marca. Los famosos son la cara también de un producto, confiá seguro en ellos a la hora de elegir, algún día van a conseguir contratar a tu mamá para recomendarte con su sonrisa cariñosa la sopa Knoir que nunca quisiste tomar de chico, y te prometo que la vas a tomar toda pero... esta vez la pagás vos.

miércoles, octubre 12, 2005

ENSALADA RULETA RUSA



Toda la gente juega juegos, no es sólo patrimonio de los más chicos. Los hay de mesa, cartas, dados, pelotas, es decir, una gran variedad de métodos para liberar el espíritu lúdico con el que parece que nacemos. Bien, así es como podemos observar a unos niños dibujando inocencia en una rayuela con tiza sobre el gastado patio del colegio, a adolescentes explotando de acné una consola de video juegos que calienta más que una central atómica, o a unos veteranos rifando una vivienda en un casino sin sol. Todos jugamos. Pero hay un juego que no entiendo aunque lo intento, la ruleta rusa. Si, ese jueguito muy osado en el que se carga el tambor de un revolver con una única bala, se lo hace girar y especulamos qué pasará con la demoníaca posibilidad de uno en seis. Se que un jugador de ruleta rusa es un tipo que quiere demostrar, al ridículo costo de un agujero atravesando su cabeza, todo lo macho que puede ser, eso puedo llegar a asimilarlo aunque me parezca una soberana estupidez, no creo que muchas mujeres se impresionen por eso, “mi novio es muy macho, martilla un revolver contra su sien todas las noches.” Pero el problema es que no se quién gana, ¿los que se salvan del balazo o el que lo recibe? Si este último se considera el ganador, ya que si sigo la lógica de una ruleta se gana cuando la bola, o bala en este caso, cae en un solo lugar y no en todos los otros posibles, ¿de qué sirve haber ganado? Nunca conocí un juego en el que se pueda ganar una sola vez, como pasa con la primera impresión, no hay segunda oportunidad. Con la ruleta rusa no hay campeonato mundial posible, imagínense las eliminatorias. Lo que quedaría entonces sería juntar a todos aquellos perdedores que esquivaron balazos varios, pero… ¿un campeonato formado exclusivamente con perdedores qué clase de campeonato es? Estaríamos muy cerca de la teoría de Jerry Seinfeld acerca de los suicidas que fracasan en su intento de quitarse la vida, tipos tan desastrosos que ni siquiera sirven para matarse.

viernes, octubre 07, 2005

CORREGIR LA CORRECCIÓN


Detesto todo lo que abarque el concepto de “políticamente correcto” (hasta las palabras entre “comillas” juegan el juego.) Odio a la gente que responde a esta idea, eso es miedo de decir la verdad, es ser hipócrita, es aparentar ser la persona que los demás, vos suponés, quieren que seas. Existe ese pánico a incomodar, ofender, el temor de alterar la cordialidad, la falsedad del todo bien al costo de un banquete de mocos. No digas eso, pensalo, pero no lo digas, ¿si? Habría que aceptar las cosas como son, y lo que otro diga, aunque nos impacte en los genitales, dejarlo ser y, ¿cómo no?, retrucar sin reprimirse, no es cuestión de aceptar ser atropellado tampoco, una vez que la ley de la corrección política se quiebra, todo vale y en hora buena. Además, ¿alguien sabe de un político que sea correcto? Ni siquiera eso. Si tu tía aparece con el pelo color violeta, basta de decirle: te queda lindo. Cuando no te guste la comida, escupila en el plato. Esa debería ser la actitud, no dejar pasar lo que te retuerce el intestino delgado, vomitarlo, liberarlo, que la mugre se la lleve encima el que la genera y no esconderla bajo la alfombra de tu diplomacia. ¿O alguien todavía se cree que un candidato en campaña está muy preocupado por la desigualdad social? ¿No sería más coherente que nos confesara: los pobres me importan tres carajos pero puede que asfalte la avenida? Puede que a nadie le importe saber que es lo que yo pienso, y si es así, si no importa tampoco puede molestar, entonces lo digo. Y cuando te cruzás con gente que sí le interesa tu opinión, mejor que conozcan tu verdadera esencia antes que escuchar melodías simuladas de ayer y hoy. Al final, lo único que cuenta es que te aprecien por quién sos, con tus defectos y diarreas verbales, y dejar las máscaras de látex para el carnaval que, dicho sea de paso, es otro festejo inexplicable e idiota, porque nunca me contagió la alegría popular, eso de ser felices porque todos alrededor lo son sin otro motivo que ese, o sea que es una multitud de individuos infelices que, con bombitas de agua, murga, y espuma en los ojos, se convencen que la magia flota en el aire y los inunda por un rato. Claro, tampoco creo en el esoterismo, ni en la energía de la gente, ni en las técnicas curativas alternativas que afirman sin derecho a réplica: son milenarias (como si no hubiera en el mundo estupideces generadas en la ignorancia que llevan miles de años de práctica, por ejemplo: la discriminación), placebos para gente que necesita justificar los orificios en su vida y compra corchos invisibles con una tarjeta gold. Lo digo, y punto.