
Un gran escritor, maestro de la novela negra y además llamado Raymond Chandler, de manera notable describió al vacío como: “tan vacío como una pileta vacía”. Claro, algo inmenso construido sólo para albergar un contenido al verse privado de éste se torna desolado, inútil, vacío. Así es hoy el Aeropuerto de Don Torcuato, un pueblo fantasma. Un aeropuerto sin aviones es apenas una pista y alrededor un montón de hangares de chapa esperando el inexorable óxido. Somos los últimos sobrevivientes de la evacuación masiva, los testigos del vacío, los que vemos espectros con hélices despegar hacia el olvido. El silencio de motores que no arrancarán más, el pasto que se abre paso en el asfalto, mangas flotando estériles, gigantescas cruces que invitan a no bajar, unos chimangos que reconquistan al fin el cielo nos miran desafiantes, burlones. Privados de alas sólo nos queda el polvo, la ilusión de un adelantado reducida a un negocio de cientos de casas faraónicas que observarán las nubes con desdén, altivas, firmes en sus cimientos. Nada es lo que era, despegarán los que faltan y será todo un recuerdo, uno que dice que el aire es un elemento natural aunque hoy haya ganado otro, la tierra.

