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A menos de 24 horas de una operación de rodilla en la que me colocarán tornillo y arandela pienso, ¿qué clase de máquina soy? Esas piezas mencionadas son más dignas de un mecano que de un ser humano. Yo robot. La ciencia médica avanza e incorpora materiales modernos, necesarios ellos, claro está. Aunque cuando no se trata de una cirugía que ayude al normal desenvolvimiento, cuando el caso es mejorar lo que vino de fábrica y no repararlo, entonces la idea es jugar a Frankestein siglo XXI. Imposible es dejar de notar el boom de las operaciones estéticas en nuestros días, sinfín de reality shows, películas, series, programas pseudo de actualidad que en realidad son chivos y no expiatorios, así lo reflejan. Hay una negación de la naturaleza que nos tocó, y el planteo es: quiero ser más agraciado, quiero transformarme, quiero ser otro. Además, también está el desafío de vencer a la vejez. Juventud eterna, ser anciano es un bochorno, y es mejor inmolarse en el patetismo y convertirse en un escracho recauchutado que ceder a aquello de las nieves del tiempo platearon mi sien. Una nariz en forma de gancho, serrucho y a otra cosa. Dos pelotas de fútbol en el pecho, va, buen busto antes que buen gusto. Planchar arrugas, jeringas con toxinas, estiramos la masa, levantamos cachetes, un cortecito por aquí y una limadita por allá. Llevar la foto de un famoso y decir: dejame así, o casi. Si esos horribles gusanos se hacen capullo para metamorfosear en mariposas, ¿Por qué no nosotros que somos más inteligentes y tenemos más dinero? Tal vez algún día santifiquemos a Michael Jackson, pionero absoluto, mártir de la causa, emblema y símbolo de no ser el que se es y sí ser el que se puede ser. Genética al alcance de la mano de los simios, ciencia para los chanchos, animalitos simpáticos que aspiran a la belleza. En definitiva, el viejo cuento del Patito Feo redimido en cisne, si la chequera lo permite.
¿Por qué alguien puede ser tan ingenuo de decir que sólo sigue los caprichos de la moda? ¿Qué cosa es la moda como para ser caprichosa? ¿No será que los caprichosos son los individuos detrás de esa gran industria que es la moda? ¿No será que esos caprichos obedecen a un plan sistemático por el cual hay que cambiar cortes y colores año tras año para obligar a comprar lo nuevo y dejar de lado lo viejo? Digamos que los generadores de moda han ganado la batalla y sólo se sientan a pergeñar nuevas formas de explotar a sus esclavos voluntarios, como si el mundo fuera un gran campo de concentración siguiendo sus órdenes bajo pena de muerte, o lo que es lo mismo, no estar a la moda. Porque de eso se trata, de la inclusión, de no quedar afuera cueste lo que cueste. Si hace una década usar prendas de color marrón se consideraba un suicidio fashion, inventemos el color “chocolate” y asunto terminado. Un centímetro para abajo o al costado, la gran nueva ola. Un botón arriba, un cuello corto, combinemos colores que jamás se utilizaron juntos y voilá, la temporada primavera-verano solucionada. Si me quedo sin ideas vuelvo con algo que se usaba 20 años atrás (¡volvieron los 80s!) y nadie guarda en su ropero como la gran cosa. Los cambios deben ser drásticos aunque no lo suficientemente traumáticos como para no asustar pero si obligar. Todos copian, y la personalidad es una, la que se estila, el gusto es de los otros, por incómodo que resulte. El capricho es empecinarse en obtener algo aunque no tenga razón de ser, la moda calza dentro de esta definición, pero no como lo haría un niño de 3 años, sino como lo haría un imbécil bien crecido que no soporta no formar parte de una congregación de imbéciles que adopta un código distintivo para diferenciarse del resto de las congregaciones de imbéciles con menos recursos o con caprichos diferentes. Y recordar que aunque a la mona la vistan de seda, mona queda.
¿Cuál es el mejor sistema de gobierno? Varios han pasado y fracasado. La mayoría, como es de esperar, prefiere la democracia, o sea el gobierno del pueblo elegido, valga la redundancia, por la mayoría, siempre respetando las libertades individuales (cosa que no hace una nefasta dictadura) hasta el punto en que no sabemos bien de qué sirve ser libre para morirse de hambre (cosa que también hace una nefasta dictadura.) Aunque el pueblo no gobierna de manera directa sino que lo hace a través de sus representantes que son elegidos por medio del voto, el cuentito de siempre. Y aquí viene una cuestión, ¿a quiénes representan los representantes? Uno apenas si conoce a la pasada y sin detalle al primer apellido en una extensa lista, pero el resto son los desconocidos de siempre. Por ejemplo, el que ocupa el tercer lugar tiene el mismo voto si es electo diputado que el que encabeza la lista, por lo tanto, si ni el famoso cumple sus promesas, ¿qué va a cumplir aquel que no prometió nada? No sería muy pesimista de mi parte creer que la política, medio de la democracia, sólo sirve para dar poder al que se dedica con esmero y nada más a juntar una buena cantidad de sufragios. ¿Cuáles son los méritos previos de nuestros gobernantes para haber accedido a un cargo de semejante responsabilidad? Comencemos por el presidente, éste seguramente antes fue gobernador, y antes de eso diputado o senador, ¿y antes?, bueno, tal vez algún municipio o ministerio, ¿y más atrás?, con suerte un título de abogado, y mucha militancia política, mucha. Podemos decir que si realizó buenas gestiones en los cargos anteriores esto lo capacitó para seguir avanzando en el escalafón, sería lo lógico de suponer, pero en este tema la lógica carece de toda lógica. ¿Alguien puede afirmar que los últimos presidentes que tuvimos, y tenemos, fueron electos en su cargo gracias a sus virtudes en el desempeño de sus funciones exitosas y comprobables en otros cargos menores y que eso conformó un currículum indiscutible para acceder al sillón de Rivadavia? No parece ser así. Digamos que en orden de acumular honores que califiquen como lo hace cualquier vecino a la hora de buscar un trabajo, los políticos se valen sólo de influencias, subordinaciones, pactos, sociedades, traiciones y chantajes, acciones bastante más similares a un cónclave mafioso que a la excelencia de ser el mejor. En la mafia el más pesado, el que fue capaz de cualquier cosa con tal de ascender peldaños sin importar las consecuencias es finalmente el que llega a capo. En nuestro sistema de gobierno es lo mismo. Cualquier matón imbécil que reparta y proteja a los suyos y sume a la pasada un poco de propaganda es candidato a algo. Si su nombre figura en una lista alguien lo va a votar. Y, teniendo en cuenta que el voto es obligatorio y todos debemos ir a votar bajo pena de infringir la ley, las posibilidades aumentan considerablemente. Más aun si el candidato pertenece a alguno de los partidos más importantes, y ni pretendo explayarme sobre la implicancia del factor educación que causalmente es diezmado cada año que pasa por esta casta, un pueblo educado como corresponde jamás los elegiría, ellos lo saben muy bien. Ahora bien, si lo que digo es al menos en parte cierto, lo que tenemos no son dirigentes capaces de llevar el país hacia un destino de gloria sino que obtenemos en cambio luego de unas elecciones, tan transparentes como el Río de la Plata, una banda de chacales mafiosos con el legítimo poder en sus manos sucias para hacer, literalmente, lo que les venga en gana. Cuando votes, pensá en eso un segundo, aunque sea sólo un segundo.

En Argentina, país de una fauna generosa, existe una peligrosa especie de depredadores que, como tiburones nadando en un inodoro, se hacen un festín de cuanto bobo caiga cerca de sus fauces. Ante la ausencia de un nombre científico y la ignorancia del latín como para bautizar a antojo, aquí los denominaremos: garkas. El garka no conoce de códigos aunque si de leyes (para trampearlas), y como los hamsters puede devorarse hasta a su propia familia llegado el caso. El garka es un hábil cazador que hace del camuflaje su arma letal. Puede aparecerse con cara de inocente, con sotana, con una banda presidencial, como salvador o sanador, con botines o dándote un abrazo. Lo más importante de saber es que el garka pone toda su capacidad para ser creíble, excelente actor del teatro sin butacas que es la vida, llega incluso a convencerse de lo que dice, cosa que le proporciona una reconfortante tranquilidad de conciencia a la hora de pegar la oreja en la almohada. Un maestro en el arte de la desaparición, puede un segundo estar firmando con vos un documento y al siguiente hacerse humo sin dejar rastro alguno. El garka no tiene bigotes finitos y se ríe con una carcajada maléfica, no, el garka te paga el trago escuchando tus penas en un bar mientras recuerda el sexo salvaje que tuvo con tu mujer unas pocas horas antes. El garka aparece como generoso, cómplice, aliado, te da la mano y de refilón te observa el bolsillo, y nunca le pidas nada, porque si te hace un favor el próximo paso es navegar en sus jugos gástricos. Los garkas son pacientes, saben cuándo ejecutar a su presa, la dejan aproximarse, la acarician, y para cuando la sacudieron, la presa todavía tiene dibujada una sonrisa en su cabeza colgante. Para un garka el alimento son los incautos, pero el manjar son los demás garkas. El combate entre garkas es un espectáculo inigualable en el reino animal, sutiles, disfrutan al máximo despojar a uno de su misma especie, se regodean. Un garka no necesariamente abusa de su condición por necesidad, el garka lo hace porque es su esencia, un auténtico garka es aquel capaz de dejar en la calle a una pareja de ancianos y con ese dinero pagar el mantenimiento de su extenso jardín en un prestigioso country con nombre de estancia de campo. Cualquier inútil con pretensiones puede ser candidato para convertirse en garka, pero no es suficiente, para ser garka hay que dejar los escrúpulos, la moral, la ética, el amor, y todas esas pavadas de lado, para ser garka hay que nacer garka, el garka no se hace, se perfecciona, pero es genético, aun cuando haya vivido muchos años sin cometer una fechoría, en sus venas latía la sangre diferente. El perfecto garka es aquel que desde las penumbras manipula a otros garkas para que actúen en su nombre sin que nadie conozca nunca su identidad, ese garka puede ser tu hermano o tu amigo del alma, o peor, podés ser vos mismo.