jueves, junio 29, 2006

LA VIDA POR LOS COLORES


El Mundial de fútbol llega como un huracán que arrasa durante un mes cada cuatro años, y por supuesto que deja secuelas tras su paso. Durante el mes que dura el campeonato la mayor parte del mundo no contempla otra cosa que esos 64 partidos. Si comés chicles, son los del Mundial, un dentífrico o la gaseosa, del Mundial, el desodorante, cerveza, salud privada, un sacapuntas, la revista ParaTí, papas fritas, el chocolate, seguros de vida, y los celulares, todo tiene que ver con la fiebre del Mundial, todo tiene que ver con todo aunque no pegue ni con cola. A vender rápido todo el stock antes de la eliminación, o guarda que no haya campeonato y todo cotice el quíntuple. Banderas del país por donde quieras ver, todo adornado con los colores patrios, exagerado triunfalismo de propaganda de épocas de guerra, ¿dónde estarán ahora los estandartes nazis? Nuestra bandera no es la bandera de un país sino la bandera de un equipo de fútbol, a Belgrano en definitiva le habrá quedado apenas el tremendo mérito de ser el cultor de la camiseta argentina, ¿pagarán Adidas o la AFA los derechos a sus herederos? La vida por los colores. Y si, parece que cuanto más celeste y blanco tenés encima más hincha de Argentina sos. Ahora se pintan la cara, entera o los cachetes (depende la audacia), los gorros de arlequines, los boludos del Mundial, esos que copian la idea del hincha global, un Playmobil al que sólo se le intercambian los colores para acentuar la diferencia. De golpe y porrazo tenés a todas las minas, y a los salames que no miran nunca ni un aviso de Fútbol de Primera o los canales deportivos los pasan de largo con la velocidad de una picada clandestina, opinando tácticas y eligiendo jugadores con la autoridad que da el “es el mes del Mundial”, nada más. Insufribles, insoportables, se te sientan al lado y te preguntan por qué el réferi tiene casaca amarilla, ¿no era negra?, mientras sufrís por ver mal parado al 4 tuyo que habilita al 9 de ellos, gritan cuando la pelota pasa a 30 metros de la red, creen entender a la perfección este maléfico juego por ver un breve compacto en un noticiero y que, al ver un partido completo con todos sus más de 90 minutos, recién se enteran que existen los laterales y que el arquero saca del arco, abominables, desagradables. Amo el Mundial desde que tengo uso de razón, se que hay precios que pagar, aunque últimamente son muy caros para mi bolsillo.

martes, junio 06, 2006

¿CUANTO VALE SER LA BANDA NUEVA?


Por plata somos capaces de todo. Te podés comer un pedazo, trabajar 25 horas seguidas, matar o morir en el intento, hacerle de psicólogo a tu jefe, todo vale si se paga, todo para ganar unos pesitos. Orgullo, honor, vergüenza, códigos, son simples bienes de cambio, moneditas, valores económicos negociables por aquellos valores que otrora supimos… ¿valorar? La alquimia era mucho más sencilla de lo que se creyó inútilmente por tanto tiempo, si parece que con darle un par de pincelazos de pintura dorada a un montón de mierda lo que obtenemos son relucientes lingotes de oro. Te juro que si es así, te doy mi palabra, pero si aparece alguien con un sobre jugoso en el medio tal vez me olvide un poco que te la di. Si tengo más billetes que vos, valgo más que vos, y si valgo más entonces soy mejor, no hay méritos y no importa tampoco, el juicio es unánime y no admite discusión. Correte ser inferior que vengo en cuero manejando mi super bólido, el LCD a pleno transmitiendo en potente 5.1 un recital unplugged de Los Leales, ¿y qué?, tengo plata, todo se me perdona. Lo que en un pobre es mal gusto en un rico es exentricismo, análisis de un asqueroso subjetivismo pero real como el perro roedor que luce en la pantalla tibia la estrella fugaz de hace un segundo. Una cuenta corriente con ceros en exceso, ¡qué tipo interesante! Mirá la mansión que tiene ese, la pileta parace una cancha de fútbol, ¡qué muchacho intenso! Todo te queda bien, la crítica se endulza como un diabético terminal, es muy bueno ser millonario, más lindo, alto, musculoso, todo bien mi fenicio amigo, muy bien. ¿Y qué sos capaz de hacer por vivir la vida loca como manda el jet set? ¿Cuánto te dan por el riñón de tu vieja en el mercado?

domingo, junio 04, 2006

SE ME ANTOJA UN PIBE


Una semana atrás dije en una conversación que tener hijos era un capricho. ¡Peligro, hereje suelto! De más está decir que fui atacado verbalmente de todas las maneras posibles, contradicciones y desdecirse una y otra vez, balas de palabras en ráfagas asesinas, no por el contenido sino por la velocidad. La simple idea de refutarme a cualquier costo, como si se tratara de erradicar un peligroso virus antes que ingrese en el sistema y lo aniquile para siempre, fue mucho más importante que detenerse aunque sea sólo un segundo a considerar la viabilidad de lo que estuviese diciendo fuera cierto. Desde ya que no digo que mi afirmación no merezca prueba contraria, no, ni siquiera que tenga razón, es sólo una teoría para ser discutida, una de tantas. Es más, considero con seriedad la posibilidad de tener un hijo. Pero me encontré de pronto enfrentado en una guerra santa de dialéctica familiar, ante un fanatismo conservador cargado de furia incrédula, como si de golpe mi intención hubiera sido matar a Dios. Eso lo dejo para otra reunión. Tal vez mi oportunismo dejó mucho que desear, asumo eso. No medité previamente dónde estaba ni con quiénes, mi error, aunque es también mi debilidad provocar dudas, que lo establecido pueda tambalear un momento, algo de caos en el orden aceptado. ¿Y es un capricho procrear después de todo? ¿O el capricho es mío? Sigo convencido de las dos cosas, y además que cerrar la boca aún me cuesta bastante. Se que tengo derecho a decir lo que pienso, y es algo con lo que espero morir algún día y se mantenga intacto hasta entonces. Pero eso no fue todo, días después comenté como una anécdota el incidente a otro grupo y lo mismo ocurrió, de nuevo la gente a mi alrededor se sintió ofendida en lo más profundo, al hecho de comentarlo a terceros como si de repente, o ya confirmando sospechas previas, yo me hubiera vuelto un terrorista demente, un tipo capaz de volar por los aires todo lo más sagrado en lo que es posible creer, eso y sin titubear un segundo. ¿Qué clase de tipo soy?, piensan hoy, ¿cómo se atreve a decir en voz alta semejante barbaridad?, ¿quién se cree que es?, ¿o no sabe que es una falta de respeto?, hablan entre ellos, ¡un idota, eso es!, si no fuera así, ¿a quién se le puede ocurrir cuestionar la procreación? No puedo dejar de sorprenderme, voy demasiado contra la corriente parece, sinceramente nunca supuse que una idea suelta pudiera causar tanto daño, tampoco que hubiera cosas de las que no se pueda opinar diferente, retórica pura, eso sí lo se, pero como dije antes no termino de aceptarlo. Entonces es que desconfié de los valores de mis interlocutores, si les molesta demasiado es porque hay inseguridad, quizás haya metido el dedo en una llaga de la que se desconocía su existencia. Si ya es padre, o está en camino de serlo, asumir que su hijo haya sido tan un capricho como la compra de un par zapatos caros, o hacer un asado en un día lluvioso, puede generar una incomodidad urticante. Peor aún, tal vez nunca pensó por qué quería un hijo, y si lo hizo, jamás lo fundamentó con algo más sustancioso que sólo las ganas de hacerlo. ¿Será porque se puede, porque somos capaces de generar vida, porque poseemos la habilidad de engendrar un ser parecido a nosotros, porque nos sentimos poderosos, porque queremos darle un sentido a nuestra vida del que aparentemente, según podemos apreciar a vuelo de pájaro, está careciendo? Seamos sinceros, un poco al menos, es muy simple concebir bebes, aunque las personas que se la pasan penando en tratamientos de fertilización quieran lincharme, la abrumadora mayoría de la población mundial está en condiciones de extender la especie. Cualquier par de desquiciados, por el momento sólo de sexos opuestos, sin siquiera proponérselo genera un espectáculo biológico de tremenda magnitud, una célula de cada uno, unirlas por medio de la sexualidad, y dar comienzo a un futuro ser humano, nada más y nada menos, y esto pasa cada segundo, como por ejemplo “AHORA”, si, ya nació una flamante persona, y otra, y otra, y otra, y si mientras leías miraste un instante para otro lado, otra más. Dicho esto, me imagino apto como para quitarle un poco de misterio al asunto, un milagro que hacen todos deja de ser un milagro para convertirse en una rutina cotidiana, ¿si los más de seis mil millones de habitantes del planeta todos fueran Jesús alguien se maravillaría por contemplar a otro multiplicando panes o caminando por la superficie del agua? Tener hijos no es fundamental ni necesario para la supervivencia, no hace falta ser un genio para deducir que nadie muere por no ser padre, no de causas naturales. Tampoco nadie está obligado. ¿A esta altura es necesario seguir recordando que nadie pide nacer? ¿Egoísmo, les suena? No existe elección para el que nace, la elección fue tomada de antemano por él, y los motivos son tan diversos como estados de ánimo hay, por lo que buscar un único patrón se hace casi imposible. A veces se hace con amor, pero también puede ser producto de una violación. Hay padres muy responsables y otros que abandonan su cría. Se les da amor y también se los condiciona de por vida. Las buenas intenciones por sí mismas no garantizan éxito alguno. El instinto nos juega una mala pasada, nos lleva a la reproducción como al resto de las especies vivientes. Pero si por algo nos diferenciamos es por ser capaces de razonar, así que no le echemos la culpa a lo instintivo, y mejor hagámonos cargo de una insuficiencia racional. ¿Cuánto hay de esencial en el deseo de generar descendencia y cuánto de archivo en el disco rígido que nos instala la sociedad? Es lo normal, lo que hacen todos, lo que se espera de uno, ¿y eso no condiciona la decisión? Probablemente, cada cual tenga su propia versión de por qué queremos tener hijos. Yo simplemente manifiesto que no encuentro una justificación terminante, una que no admita dudas. Por eso creo que, en lugar de dar explicaciones personales con fines universales, es decir querer partir del propio ejemplo para explicar todos los casos, sería más honesto encoger los hombros y con humildad conceder: porque tengo ganas, y punto.

Hablemos de los DINK (double income, no kids; doble ingreso, ningún hijo), parejas que deciden no tener hijos. Un fenómeno del primer mundo que ya ganó su sigla propia. Los censos actuales demuestran el constante crecimiento de estas uniones, desde ya que en Argentina esto recién se puede notar en la franja más pudiente de Capital Federal. El diario Clarín publica el 31 de julio de 2005 un artículo de Georgina Elustondo sobre el tema en el que sugiere con elocuencia que: “La decisión de no procrear y de orientar la vida hacia otros proyectos enciende las críticas, y hasta el escándalo, en algunos sectores: los acusan de cómodos y eternos narcisistas, incapaces de asumir responsabilidades de adultos; y otros hablan de personas egoístas y ambiciosas, entregadas a competencias varias y perdidas por el consumo selectivo y de calidad. Pero abrir la cabeza, escuchar y respetar siempre es mejor que juzgar. Entonces, ni buenos ni malos, ni mejor ni peor: parejas que no consideran que los hijos sean necesarios para llevar una vida plena; personas que asumen que no desean o no pueden entregarle a un niño el tiempo y el cuidado que necesita y actúan en consecuencia. No desafiando sino soltando, simplemente, la obligación de ser padres. ¿No es mejor que traer al mundo un bebe sin espacio donde ubicarlo, sin convicción ni deseo?”

Otro hecho que influye notablemente es el avance del rol profesional de la mujer, siempre relegada, y quién sufre históricamente las consecuencias del embarazo en el progreso laboral. Algo comprobable en la actualidad es la postergación de la edad para tener el primer hijo, hoy una madre primeriza que supera los treinta es algo común, unas décadas atrás hubiera sido tildada de vieja. La periodista Mónica Soraci acaba de publicar un libro llamado ¿Hijos?, no gracias. A partir de ahí la polémica recién comienza. Dice ella: “Es increíble pero a mucha gente el tema la enoja. Somos poco respetuosos y tolerantes. ¿Por qué cuesta aceptar que algunas mujeres se completen con otras cosas y no sólo a través de un hijo? Nos cuesta aceptarlo pero es una realidad. Hay mujeres que priorizan la profesión o quieren ganar dinero; otras temen que un tercero invada la pareja o dicen que no quieren hipotecar su vida. Y es respetable. Mujer no es sinónimo de madre, pero hay que ser valiente para bancarse la decisión, porque la sanción social es fuerte. No se trata de insinuar que el deseo de maternidad es obsoleto, sino de reconocer que el deseo de no ser madre es tan respetable como el deseo de serlo.”
Recuerdo que uno de los puntos fustigado con mayor vehemencia fue el empleo de la palabra capricho en la oración “tener hijos es un capricho”. Capricho es otra cosa, me decían, tu error fue la elección de la palabra. Capricho es según el diccionario enciclopédico Planeta:1 Idea o propósito que uno forma sin razón aparente. 2 Antojo, deseo vehemente. De acuerdo al diccionario Plaza Janes: Idea o propósito que uno forma, sin razón, fuera de las reglas ordinarias y comunes. Antojo, deseo vehemente. En esto, y por lo expuesto en las definiciones de los mataburros, podríamos declarar un empate provisorio. Si tomamos la primera acepción no sería correcta mi afirmación. Aunque si tomamos la segunda, la elección del vocablo gozaría de total autoridad. Ahora bien, técnicamente el que puso la palabra en cuestión en el tapete fui yo, por lo que para invalidarme por completo habría que demostrar que no existe ninguna definición que concuerde con el sentido de mi frase, y de hecho las hay. Por lo tanto concluyo que si utilizo capricho bajo la acepción que dice que es un deseo o antojo vehemente no estoy equivocado y mi apreciación es absolutamente correcta. Reconozco como legítimo lo que otras personas me repiten hasta el cansancio, que jamás acepto equivocarme. Además, y también aciertan, agregan que puedo ser insoportable en tratar de demostrar mi verdad.

jueves, junio 01, 2006

DICOTOMIX

Ni jugados ni piolas. La ambigüedad de la clase media, dicotomía mediante, un lugar donde una cosa puede ser una cosa o todo lo contrario, dependiendo del contexto. Un policía es un buchón cuando te fumás uno a escondidas en la plaza o cuando querés entrar a la cancha y te palpan buscando misiles que la barra brava ejecutará a su antojo un rato después. Un policía es el séptimo regimiento de caballería cuando los muchachos de cara filosa se acercan y aparece el uniforme añil. ¿En qué quedamos? El morocho es divino, si, cómo no va a serlo si me lava el auto, me vende lo riesgoso, o se moja en la moto gestionando mi jubilación, soy copado, charlo con él, le regalo algo que no me sirve, pero a mi casa a comer nunca vino, no faltará la oportunidad. Conciencia social, de lejos, mejor de La Boca para afuera. Déjenme leer mi Che Guevara edición rústica con mi cerveza guerrillera bajo la sombrilla marca cerveza top. ¡Ja, un boludo pasa en su 4x4 embarrada en los lagos de Palermo!, idiota, aventurero de pacotilla. Piquetes que interrumpen mi camino, complican todo, si por un chori y un tetra votan lo que sea. El pueblo soy yo que pago mis impuestos, que tengo un título en la UBA, que alimento la economía de la que viven los sucios de la casa de lata y los limpitos del country arbolado con esmero. Prendo la compu (¡hay 2 mensajes nuevos!), escucho un disco algo desconocido pero muy original, un pucho en envase de cartón y mi plato de comida light, no me jodan, en un rato miro un DVD y a la cama que mañana hay que madrugar a las 8:30, parece que va a hacer frío.