
Una dosis de verdad y otra de invento. Noche de verano, tormenta, y te encuentra con tu mujer encerrados en un hotel miserable perdido en un pueblo perdido. ¿Qué hacés? Si bien está oscuro y llueve todavía es temprano, hay que comer, y la habitación o simple pieza no es el lugar que tenemos en mente como para pasar mucho tiempo más que el necesario durmiendo, si, nada más. Decidimos ponernos unas camperas y enfrentar el exterior, aunque nos mojemos va a ser mejor que el encierro. En el camino por la calle principal, si bien puedo admirar los rayos más impresionantes que haya visto jamás en 36 años partir el cielo e iluminarnos con esa perversidad de energía eléctrica desenfrenada, apenas caen unas gotas que no molestan. Avanzamos buscando un lugar donde comer, los únicos intrépidos que se le animan a una mala noche de domingo, además de nosotros dos por las causas ya expuestas, son adolescentes a los que no les importa salpicar sus remeras y musculosas, lo único que quieren es dar una vuelta entre ellos, escapar, ver y ser vistos, correr a refugiarse debajo de un cartel mientras saltan charcos a lo que todo se convierte en una pequeña aventura compartida, colectiva. Unas cinco o seis cuadras después, mirando vidrieras de negocios iluminados y sin marcas globales que los amparen, sólo el nombre del dueño o un nombre de fantasía muy poco original, como Gonzalo Sports, observamos un denominador común en todos ellos, algo que al principio pareció extraño pero debía tratarse de una casualidad y que luego se transformó en una norma. En cada uno de ellos, en todos los negocios, en sus vidrieras y mezclándose con distintos objetos de consumo como una linterna, una pelota o un camisón de enferma, nos encontramos que había fotos grandes de chicas de menos de 20, con nombre y localidad, que se iban repitiendo hasta que al rato ya las conocíamos a todas. Eran las candidatas de un concurso de belleza local, el cuál se organizaba con las representantes de distintas zonas del pueblo y de pueblos cercanos. Todos los negocios colaboraban y prestaban gratuita y democráticamente su espacio para la difusión y conocimiento general de las beldades locales. El tamaño de las fotos variaba según el presupuesto de la señorita, también la presentación, así como veíamos una cartulina muy Utilísima o manualidades escolares con el retrato pegado en contraste había una que en perfecto photoshop resaltaba la belleza natural con condimentos cibernéticos, billetera mata galán dirían las más humildes. En unos días estas famositas irían a competir por el cetro anual de Miss algo, máximo título que ofrece la zona además de un discreto bachillerato. En realidad es la reina de la vendimia o del flan casero con dulce, realeza de pueblo chico, infierno grande, todos sabemos lo competitivo y chusma que puede llegar a ser, por eso nada mejor que ser la más linda, y con reconocimiento oficial, coronita. ¿Cómo terminó el concurso? Poco sabemos, ya que nosotros nos tomamos unas cervezas Andes en lo que sería el bar con onda en muchas leguas a la redonda, comimos una pizza fresca, nos reímos un poco, analizamos a todos los que iban llegando con mucha subjetividad, y ante la iniciativa de pedir unos tragos y comprobar que el nivel de alcohol ofrecido era de dudosa calidad y que nos encariñamos con nuestros hígados tanto como para no incendiarlos de manera innecesaria es que optamos por comprar una Sprite de regreso y utilizar nuestro vodka finlandés, que había que ir a rescatar al auto, en aquel oscuro cuarto de hotel berreta. A la mañana siguiente, después de dormir francamente mal nos fuimos con destino Buenos Aires, 920 kilómetros mediante abandonamos el lugar. Poco sabemos dije, pero poco es algo más que nada y lo que sí sabemos es que en la campaña proselitista de las chicas en cuestión hubo brujería, magia negra, una agarrada de pelos, una metida de cuernos intencional, una que denunció corrupción y se retiró, otra que a pesar de haberse volteado a todos los jueces que pudo perdió por fea y por puta fácil, llantos, dos souvenirs de fiesta de 15 estrellados contra una pared con humedad, muchos pajeritos ansiosos, y que finalmente la ayuda del dinero torció la elección en la que ganó Miss Bowen, Daiana, nunca te olvidaremos aunque no hayamos podido ponernos de acuerdo en si tus ojos eran marrones o verdes.
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