Un perro en casa, una costumbre de muchos que no tiene demasiada conveniencia, creo. Puede que sea la necesidad de estar en contacto con la naturaleza aún en un departamento de un ambiente, ese estado salvaje que desde los genes nos negamos a perder. Macetas en rincones imposibles, y el perrito dando vueltas en un raquítico metro cuadrado. Existe una indudable cultura canina que sólo admite fanáticos, ¿cómo se entiende sino al infeliz que a las once de la noche con dos bajo cero y lloviendo espera con paciencia samurai a que Boby se decida a cortar el sorete de una puta vez (ese mismo que minará la vereda y vamos a pisar inexorablemente justo antes de entrar al edificio o subirnos al auto)? ¿Y esos que extasiados sonríen cuando su cariñosa mascota les regala una dulce lamida de cara sin plantearse demasiado por dónde habrá pasado antes esa lengua? Además de aceptar de buena gana la convivencia con el perro, es esencial humanizarlo, tratarlo como a una persona, encontrarle rasgos y gestos de homo sapiens. Por eso vemos que las veterinarias se forran de billetes vendiendo cosas tan fundamentales como: correas e indumentaria fashion, golosinas, juguetes. No es cuestión que Boby se aburra, ni tenga frío porque suponemos que todo ese pelo que pierde constantemente sobre los almohadones no le es suficiente abrigo. Es aconsejable bautizarlos con un nombre como Roberto o Ignacio, más humanos aún nos parecerán. También hay que conversar con ellos, pobres pichichos, nos miran extasiados creyendo en todo momento que nuestro debate filosófico esconde la única intención de sacarlos a dar una vuelta o llenarles el plato de comida una vez más. El perro no tiene mucho misterio, es un ser simple, básico, su vida consta de una breve serie de repeticiones y con eso es feliz. Hay defensores a ultranza de los perros que aseguran que un estridente ladrido en un reducto cerrado puede destapar los oídos. La contraindicación vendría a ser los vecinos, pero… la mayoría de ellos tienen sus propios canes aullando sin límites a todo lo que pase cerca, o no tanto, por la noche. El que osa quejarse es porque no sabe amar a los animales, maldito inhumano. Y yo digo que amo a los animales, pero no por eso tengo un tigre en el living o una foca en la bañera. ¿Cuál es la ventaja de compartir mi existencia con un ser que huele a peste, que se rasca como poseído, que mastica apasionado muebles o zapatos, que se pone cachondo y trepa piernas descarado, que da vueltas como un tiburón alrededor de la mesa atento a que caiga cualquier cosa comestible? Son compañía, dan amor, es un argumento muy trillado. Si la que lo dice es una vieja, es pura soledad. SI se trata de una pareja, falta de hijos. El mejor amigo del hombre, mal habla de nosotros que nuestro mejor amigo sea tan bobo, pero ojo que fiel, ¿no hay nada mejor que eso? La mascota más popular es un idiota que no nos traiciona, flor de mérito, ¿nadie pensó nunca que eso es propio de la falta de inteligencia, que si tuvieran algo más de capacidad la lealtad quedaría de lado? Y no acepto que me refuten aduciendo que traer un palito con la boca es genialidad, no señor.
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