Ir al cine en la actualidad significa poner a prueba toda nuestra capacidad de paciencia, un examen que de pasarlo podremos considerarnos aptos para la santidad. Los tiempos cambiaron, globalización mediante, y ya nada es lo mismo. Hay hoy dos tipos de colas, una para comprar bebidas y alimentos, y la otra para ingresar a la sala. El ticket lo va a cortar un energúmeno que nos invita a disfrutar la función con la alegría de un ahorcado. Parece ser que tanto ver películas en casa ha trastornado la capacidad de concentración del espectador, por lo que es muy común oír docenas de comentarios simultáneos que pueden o no tener que ver con el film en cuestión. El pensamiento vendría a ser: si en mi casa interrumpo lo que estamos viendo para emitir una opinión que supongo válida, o al menos es lo que se me cruzó por el balero en ese momento, por qué no lo voy a hacer dentro de una sala cinematográfica. La misma lógica se aplica a los celulares. A nadie se le ocurre no atender porque haya cien personas alrededor prestando atención a una trama de suspenso, ¿y si es Choli que llama para saber si vamos a comer el sábado a lo de Beto? No sólo atender, si no también continuar la conversación como si nada, que los demás no puedan concentrase en dos cosas a la vez no es mi culpa, justifican levantando las cejas y los hombros. Los que acuden a ver una con un guión algo más complejo que Bambi y hacen agua pidiendo auxilio cada veinte segundos a su compañía creyendo ilusamente que ésta entiende algo llamado flashback. Tenemos además las hordas de adolescentes marca acné que compiten para ver quien es el más ocurrente en cada escena, jo jo jo jo, mientras degustan una enorme bandeja de basura veloz. Por lo que escuchamos, mientras que a la vez una densa lluvia de pochoclo (pop corn) semi-masticado/digerido es escupida a filas posteriores, concejos al protagonista que, pobre, duda si besar a la rubia de labios temblorosos, “Cumle lbcga, rflo” (entiéndase, “comele la boca, trolo".) Nunca falta tampoco el padre considerado que lleva a su hijo de cinco años a ver, digamos por ejemplo, “El asesino de la prostituta II”, y de mal humor le va contando el argumento al menor, que no entiende nada y preferiría mil veces estar nadando en un pelotero a contemplar la imagen del tipo con el cuchillo oxidado atravesando la cabeza de una mujer desnuda. De nada sirve la tecnología avanzada de pantalla gigante, sistema de sonido Ultra Mil Lo Parió, butacas reclinables hasta dar con la nuca en los pies del de atrás, apoya brazos con receptáculo posa botella de dos litros, si el espectador habitual retrocedió hasta convertirse en un penoso zombie que ya ni es capaz de decidir cuál es la película que quiere ver (¿gorda, cuál vemos, la del mostro verde o la de la mina esa que parece conocida?), llegan a la boletería y hacen ta-te-ti entre un centenar de posters vistosos y coloridos confeccionados a tal fin, ¿recuerdan que un continente se canjeó por espejitos?
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